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Oswaldo veía como aquel hombre regordete sorbía de un recipiente despostillado, un humeante brebaje negruzco con olor a café rancio. Después de cada sorbo emitía un ruidoso sonido de satisfacción. Pensaba en las nubes espesas y oscuras de aquel día, por lo que supuso que debería ser una noche profundamente sombría.
Sentado y con las manos atadas al respaldo de la silla observaba las absurdas formas que un foco de cien watts generaba, a pesar de que oscilaba en su cara y lo deslumbraba. Podía ver como la sombra de aspecto porcino del hombre regordete, se movía en sentido contrario a la luz. Iba de la puerta de lámina, hasta la pequeña ventana y se bamboleaba con la silueta del otro tipo. Un viejo de facciones escabrosas que de pie lo miraba fijamente, esbozando una sonrisa retorcida por las profundas huellas que había dejado el acné en su cara. Con dos dedos asía un cigarro que se llevaba a los labios. Aspiraba hasta formar dos huecos en los carrillos que hacían resaltar sus pómulos, para luego echar un humo espeso y penetrante.
Oswaldo pasó la lengua por sus labios dromedarios y agrietados y miró hacia el techo mohoso por la humedad. A pesar de su situación, no pudo evitar imaginar en esas manchas nuevos continentes, nuevas geografías, nuevos lugares para vivir y amar en libertad, un lugar donde él pudiera estar a salvo.
Sintió un fuerte golpe en la boca y por acto reflejo desafiante y temerario, escupió saliva y sangre, quería gritar que lo dejaran en paz. Decirles que se habían equivocado de persona, pero lo acallaban las maldiciones proferidas por un fétido aliento alcoholizado que lo cuestionaba.
El tipo gordo le amenazaba con administrarle agua mineral por la nariz si no hablaba o aplicarle toques eléctricos en los testículos o sumergir su cabeza en el retrete lleno de mierda, hasta que dijera dónde chingaos estaba el paquete. Después de otro golpe seco en la cara y uno más en la boca del estómago comenzó a escuchar un sonido sordo dentro de su cabeza. A lo lejos, oía decir a los sicarios con placa de policías, que de una vez lo iban a chingar y lo iban a madrear hasta que confesara incluso ser de la liga comunista. Luego carcajadas o los berridos de un cerdo y los aullidos de un perro famélico le erizaban la piel magullada y mordía los labios apretando los puños, no quería abrir los ojos o ¿acaso la inflamación se lo impedía?
Cierto que se arrepentía de aquella tarde del 10 de septiembre de 1971. Apenas la semana pasada, cuando recogió un paquete olvidado en un puesto de comida entre Copilco y Av. Universidad. Una tarde cargada de grandes nubes y truenos que advertían de una fuerte tormenta, la humedad entraba por todos los diámetros de la ciudad. También es cierto que ahí quedó de verse con sus amigos para dirigirse a Avándaro, lugar en donde se llevaría a cabo el primer festival de rock en el país, una fecha inolvidable.
Se sabía popular, por eso compartió con los demás lo de aquel paquete. Rollos de yerba comprimida frescos y olorosos que aquellos guardaban como algo valiosísimo y lo felicitaban por la generosidad mostrada. De ahí se fueron para aquel lugar, donde conoció el sublime sopor de una noche inolvidable, cuando en unión con Alma Rosa (una chavita que había llegado de Monterrey) totalmente drogados (peyote y marihuana) se entregaron mutuamente en una copula liberadora traspasando el tiempo, el lugar, los sentidos, un retorno al dilatado bing-bang bajo el indulto de algunos dioses mesozoicos. O al menos eso era lo que él había sentido aquel día.
El cielo gris les ofrecía una manta de agua que bañaba el acto junto a un pirul bajito, a un lado de un maguey. Cada gota cósmica de transparencia inigualable producía un efecto aséptico en sus cuerpos sintiéndose inmortales. Las plantas y hasta las raíces les hablaban entre palabras y destellos fugaces:
“No se vayan. Fúndanse donde quieran, incluso entre nosotras. No es la hora de irse a morir porque aún tienen un trabajo en esta tierra. Y nosotras solíamos tener el pasado, La palabra inicial de la existencia pero también tenemos el presente y el futuro. No se vayan, aquí tienen esta vida y la otra que nos sobra, no se vayan de nuestra patria, de nuestra lluvia, de nuestro maíz, de nuestra yerba, de nuestras heridas, de nuestro ombligo todo”… y reían catatónicos escuchando a lo lejos las notas conocidas de “La Tierra De Que Te Hablé” del grupo Ritual. Mientras terminaban a chupetes el último resabio del cigarrillo. La muchedumbre gritaba a coro con una sola voz, un solo grito:
¡Avándaro, Avándaro!
Y al conjuro de estas palabras las gotas que caían en el suelo bailaban con frenesí, en un fantástico ballet y el lodo brincaba alegre y la tierra levantaba sus naguas al compás de un rock fresco, incitándolos a seguir con su rito erótico comulgando en posiciones que los bautizaban como seres tribales del infinito, hasta quedar completamente exhaustos. Ella forjó otro cigarrillo y siguieron fumando entre risas y lluvia. Antes de que pudiera entender su inequívoca pero sencilla decisión, se puso de pie y corrió desnuda hacia el concierto, bailando con los pechos al aire perdiéndose entre la multitud. El desaparecería en la húmeda noche montado sobre un dragón verde de alas negras.
Sintió un golpe seco en la cabeza que lo sacó de su ensimismamiento y quiso maldecir, patalear y levantarse, pero una gran plomada colgaba de sus párpados. Logró escuchar aún, entre un torbellino de imágenes y recuerdos, entre sucesiones de memorias y lentas palpitaciones, el dialogo de sus verdugos mezclado con los ecos milenarios de voces ancestrales que lo llamaban. Comprendía aún las recriminaciones que se hacían entre ellos, frases que iban perdiendo sentido y se evaporaban en el aire; frases entrecortadas como el de haber olvidado un paquete en un puesto de comida o antes de que el sol salga, aventar el cuerpo al canal de aguas negras… y algo acerca de que los superiores nunca entenderían.
Oswaldo comenzaba a incorporarse. Miró sus palmas, su pelo largo y su barba, brillantes e inmaculados, ya no sentía miedo. Fue cuando dentro de aquel torbellino, escuchó perfectamente el batir de alas negras de su dragón y corrió a montarlo para irse volando.
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