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Thedusina


Líder macilenta e inalámbrica,
los cristales negros de tus cuencas
revelan un orificio coagulado,
en tu vientre gravitan dragones
de vibrantes filamentos,

te oigo y siento las frescas plagas
de las palabras que nadie escucha
su trueno cimbra los planetas
que guardan tus pasos,
queda el crepúsculo ante la efigie
de nebulosas devastadas.

Te escucho fría gris aura;
un día supe que vendrías
escarcha de raíces,
reptando los sueños internautas
de las criaturas amputadas,

llegaste reticuliana
y pernoctaste en la yema
de los genes que evangelizaron
este mundo.

Mi sangre palpa tu astronomía
esa complexión exterminadora
que viola mis entrañas,
en la aniquilación de mi tribu
sólo queda gas, polvo
y las épicas naves
en las que arribaste,
las arrojo hacia agujeros negros
las arrimo al fuego de los soles nocturnos

pero mi lesión se expande
en la esterilidad de ese rostro
que devora a brincos mi corazón,
soy una liebre que sucumbe
a la ácida superconductividad
de tus fauces.

Son diez secuencias las que faltan
para saciar tus nucleótidos,
hay una luz que mastica la epilepsia
y las toxinas de mis células cancerígenas
mientras se oxidan tus axones,
entonces otros pueblos vendrán
con sus propias radiaciones
a hartarse de nosotros.

*Publicado en la edición Extraterres3 de la revista Sogemita.


Cóctel en bocanadas

El humo cambia
desciende hasta la cresta
de tus pechos,
merodea certezas
con palabras de fuego
en plena superficie.

Los pezones se erizan mellizos
sobre torso y vientre
se vuelven versos,
traspiran íntimos
en la brisa
de una noche excitada.

La mesa es la atmósfera,
tu piel el escenario,
el deseo es la metáfora
que susurra caricias
en el embrujo
de un sitio jugoso.

Un beso se desliza
ebrio, por tu piel
una mirada
para nombrar el tiempo,
un suspiro
para henchirlo
de nuestra presencia
un instante
para caer en el plumaje
de los besos erectos.

Ansiedad efervescente
minutos que amenazan
con destellos a la madrugada
sueños bautizados
de inocente pecado
en el nombre del futuro,
del apetito de tus ojos
y del fruto que incendia
la entraña.


Instante somático

Fue el tejido cutáneo
de mis noches olvidadas
el añejo buqué de una piel anónima,
esa acrónica forma de amarse
en la fricción de membranas.

Fue mi boca sedienta
del tegumento de tus senos,
tu cuerpo desnudo en el firmamento
de ese lecho de deseo sin freno

un diluvio de estrellas
entre el cielo y aquel vacío
la rutina de un segundo
en una dermis reseca
prototipos, glóbulos y moléculas
a mitad de tu pecho,
una fracción del mundo
que poco a poco se aleja.
La enorme aridez
de antiguos adioses y la correría,
el insomnio rutinario del ayuno
el afán bestialmente perruno,
tu seudónimo suspirado en la ironía.
Fue la probabilidad de mi vida
inversamente proporcional
al laberinto de tu cuerpo,
un planeta distinto
en cada uno de tus ojos
fueron todos y ninguno…
tan fácil y tan falso según recuerdo.

Fue un insólito convenio de absurdos,
de promesas incumplidas,
de mis carcajadas reprimidas
y tus lloriqueos en lo oscuro.

Fue una serie de caricias inconexas,
una docena de besos
un racimo de lagrimas y una amalgama de risas.
El espejismo de un sueño en una plaza colonial
que intentó ser algo más que eso,
la leche de un ave nodriza
que se agria en las hojas de un libro pequeño
un verso que vivió y murió desde aquel día.


Entre tú y Borges

A Raquel Galia

Entre tú y Borges complementan el vacío
del brillo matutino en su líquida naturaleza.
Son nuevos de ustedes y habitantes de sí mismos,
ocupan ideas dentro de un cuerpo furtivo
y se encuentran entre las letras sueltas
de una pregunta que no tiene respuesta,
dentro de un sueño que no se interpreta
porque transpira por las hojas de un libro anónimo.

Entre tú y Borges es suficiente una frase
que provoque la sed de los propios muertos
para que la piel se desmorone
ansiosa de beber el llanto antropomórfico
de los sueños ocultos o en el canto de surtidores
en esas tierras de combates permanentes
donde se juega a no morir nunca.

Entre tú y Borges repercuten el tiempo
y el espacio, de una mágica revelación
llenan la noche con los sueños que
al amanecer son parte carne y parte vida,
el sustento vaporizado de una muchedumbre
que no tiene más que para un par de ilusiones.

Entre tú y Borges llenan el cielo
de un cardumen de nubes
aligerando de cualquier peso
a las únicas flores de especies acrónicas
tú, un arbusto de besos
él, un árbol de ficciones,
jardines de sueños compartidos
de tabaco, río y arena, de libros abiertos
de risas graciosas y de buenos momentos.


Eudaimonia.

Desde arriba esparcen chispas
y se quiebran en estrellas
los sables de lunas optimistas,
las nubes navegan en canoas
cargadas de proverbios.

Me levantan entre cristales de pequeños
parlamentos de historia y de autógrafa guerrilla.
Me aferro a un teorema de relatividad variable
y me acoplo al ombligo del universo.

El sol entre mis dedos
se escurre radiante y permeable
en la miel de voces que me llaman,
anuncian que el eco de mis ancestros
es el éxodo que ríe entre meteoritos,
me sostengo en la retórica de un rayo
que evita que caiga sin lenguaje.

Una semilla insurrecta
cultiva su testimonio en mi dedo
se hincha a cada paso
en cada lugar que pisan mis plantas
sin dejar evidencia, ni rastro
de mi existencia.

Es lunes de leer oxigeno
y poblar páginas de lumbre
de cantar himnos y levantar cerros
de chupar exhausto la yema del mundo.

Escribiré un poema indestructible
en cada uno de mis huesos
fecundaré eufórico los vientres
de las virtudes no preñadas,
porque me hipnotiza el aroma de las nubes
y el olor de las mujeres.

Copulo en el copete de un ciclón estático
que amplifica de hoja en hoja
las más híbridas pasiones
y abre la puerta victoriosa
a mi punto crítico,
ese lado subversivo
de mi ojo Aristotélico
ungido de caricias
y abrazos sediciosos.

Apuntalo los polos cardinales
en el cosmos de unos pezones
que puntean con su calostro
al lactófago horizonte.

Coloco una teoría debajo de mi lengua
que se disuelve en un cometa,

un instinto de insurgencia
decide ser mi amigo
tuitea anárquicas visiones
y me cuenta en fibonacci
la historia de su Andrómeda
donde hay hombres felices
placeres y alegrías.

Libre y contento
me sumo jubiloso
entre reflejos matutinos
a la alegría de las mañanas
al canto entre los ríos
de un planeta feliz
hecho de sueños peregrinos.


Niebla.

Viene,
se aproxima,
indigesta de minúsculas libélulas
purga el vaho su fascinante ceguera,
ignora la intima estepa
del gozo de los niños
y de la risa de mujeres
en lavaderos públicos.

Viene turbulenta
en el cultivo de dos ciénagas,
suspende en tiempos su vestido
por encima de nuestras cabezas,

inmigrante entre vientos y migajas
en viscoso vuelo necrosado
agrede las insólitas pobrezas
y el afán de los despojados.

Sobre el germen de plumas y alas
entre trinos de aves trapo
aves andrajos, aves harapos
y sandalias húmedas.

Se acerca
con su capa de acertijos,
mirada niebla,
mirada negra,
que atempera a los moluscos
de lagunas antisépticas,
juega entre brazos y piernas
en el acitrón de fósiles días
al borde de las detergentes riveras
y los hijos de las azoteas.

Niña niebla
párpados pantera
ven con la bruma
de tu sonrisa somnolienta,
hiberna el oprobio
de aquella miseria
que ofende a los dueños
y patrones de esta tierra.


Fisonoplastia.

En el filo de tu sonrisa,
el tajo de tus labios
es un mapa clavado
a mitad del sueño
y la utopía.

En luceros mercuriales,
cae en pluvial platino
el apacible latifundio
de tu virtual mirada;

melancólica liquidez,
absurda amortización
de un pasivo mercado.

Entre esas agujas,
punza en mi pecho
la delgada línea
fractal de tus labios,
horizonte legendario
de soberbios filos
henchidos de dulzura.

En el índice Dow jones
de tu mirada ausente,
no se reprime la voz
ni el eco tibio y fortuito
de una nano deidad,
que juega en superficie
a hidratar el alma
con besos de diamante.

En el lindero de tus labios
hay un océano alcalino,
donde nada mi aliento
y se zambulle blogófago
en la arista de ese horizonte,
para al final ahogarse
en el efervescente aerosol
de un beso primitivo.


La parte media de la vida.

Usted dejó el sello de sus ojos
en el distante pliego de la idea,
la clase de mirada que se pega
en la porción media de la vida
y creó un nuevo espacio.

la defoliación que dejó su soplo
me dejó descalzo, crudo, sin semilla.

Causó una progresión de promesas incumplidas
en el fondo de un costal roto,
la cáscara de inspiración estrujada y partida
de un pellejo segradado.

Usted dejo un esbozo
de palabras incomprensibles,
una charla indefinida
al filo de las lisuras
de aquel instinto autónomo,
en el oxido de un sueño olvidado.

Usted mostró un cuerpo
que de tanto pétalo
se llenó de espinas

un gesto anónimo
de labios rojos,
en el fresco buqué
de una mañana suicida;

y se desbordaron las ganas
junto al laberinto
de una taza de café.

Usted dejó las horas
convertidas en polvo,
un par de manecillas
que cubrió de ceniza
las esperanzas en mi rostro.

Yo no tuve más que amarla
ajustando grados al afecto,
instituyendo el día y la noche
de una constante tregua,
suponiendo que en silencio desertaba
de aquel cruel universo
plagado de fugaces estrellas
y de fingidas entregas.

Usted hizo polvo con sus guiños
aquellos besos fugitivos,

y yo acostumbrado a los sueños
la amé así, sin razón y sin medida.

podría decir que la recuerdo
en la noche que grabó su risa,
en esa justa parte media de la vida.

Mi sombra ya no la escucha
y el espacio axial de mi cuerpo
lo ha llenado usted,
de un tiempo de escarmiento
a mitad de la neblina.


Limosnero de ilusiones

Eres el hechizo que llegó espontáneo,
la magia de los afectos tardíos,
la flama agridulce que bebí al cruzarme en tu camino.

Eres la ilusión que despierta en la mañana,
que me adopta y me lleva de la mano,

busco aullando en sensuales horizontes
el aroma de lo estrictamente prohibido.

Ese sueño que se esconde cada vez
que en mis labios se parten las palabras,
que se quiebran y se llenan de suspiros.

Eres el sueño que me acecha paciente,

me aguarda detrás de una enramada de besos
y me embosca con felino instinto,
en la arcilla de tus muslos
o en las arenas del embrujo
de tus nutridos senos.

Eres el aliento que trepa al cielo,
solsticio que fragua un verso ardiente,
la llama que calcina en purpuras moléculas
el torrente helicoidal de mi ADN.

Percibo la sed que espolvorea tu cuerpo
en cada trópico de tu piel desnuda,
cada vez que tus labios convierten
las caricias en reliquias
y los abrazos en amuletos.

busco franco y afanado
aquellas zonas de tu sexo
que aún no han sido conquistadas;

sospecho que mi pulso es el ancestro
de los vestigios en tu entraña,
la sabia somática determinante
que fluye selectiva y liberal,
entra por el pecho
y fallece por la espalda.

Eres el sueño que me desgarra la carne
y me deja la piel hecha jirones;

eres la visión de la noche más hermosa,

el pacto entre la ilusión y el recuerdo
que me convierte en suicida,
un limosnero de ilusiones
si pretendo sacar del tintero
las mejores rimas,
o lo mejor de nuestras vidas.


En el mítico punto verde.

Pensar que supimos hurtar
un poco de tiempo al destino salpicado de rutina
y regresar al pasado resucitando en cuclillas de cada plegaria.
Pensar que inhumamos el sentimiento
que se lleva dentro tallado en los huesos
por obra y gracia de nuestras propias palabras
a pesar de tanta despedida.

Saber que se fundieron los versos
en profundas heridas
rescatando murmullos de una canción desesperada.
Pensar que fuimos inmortales
dentro de cada relámpago,
en busca de sentido
entre grietas de distancias,
dentro del susurro infinito de un lago y una casa
creada de instantes de olvido.

Pensar que fuimos meteoritos
en la acústica bóveda del cielo,
entre el umbral de caricias pasteurizadas
y la lluvia estelar de nuestras miradas,
innegables en el sueño
que el tiempo se empeña
en convertir en pesadilla.

Saber que una vez más logramos el rito
que nos confirma amados y amantes
en el acto religioso de intuirnos distantes
y no perpetuos del carnal instinto.

Eros y Tánatos,
frente a las astillas cristalinas de la pureza del agua,
desligándonos de absurdos vínculos
que nos unen al temor de siempre.
Pensar que resurgimos irreprochables en luciérnagas,
en el cirio de un punto ilegible
del minúsculo origen de nuestros días
en aquel brillo sutil,
de un mítico punto verde.