Instante somático

Fue el tejido cutáneo
de mis noches olvidadas
el añejo buqué de una piel anónima,
esa acrónica forma de amarse
en la fricción de membranas.

Fue mi boca sedienta
del tegumento de tus senos,
tu cuerpo desnudo en el firmamento
de ese lecho de deseo sin freno

un diluvio de estrellas
entre el cielo y aquel vacío
la rutina de un segundo
en una dermis reseca
prototipos, glóbulos y moléculas
a mitad de tu pecho,
una fracción del mundo
que poco a poco se aleja.
La enorme aridez
de antiguos adioses y la correría,
el insomnio rutinario del ayuno
el afán bestialmente perruno,
tu seudónimo suspirado en la ironía.
Fue la probabilidad de mi vida
inversamente proporcional
al laberinto de tu cuerpo,
un planeta distinto
en cada uno de tus ojos
fueron todos y ninguno…
tan fácil y tan falso según recuerdo.

Fue un insólito convenio de absurdos,
de promesas incumplidas,
de mis carcajadas reprimidas
y tus lloriqueos en lo oscuro.

Fue una serie de caricias inconexas,
una docena de besos
un racimo de lagrimas y una amalgama de risas.
El espejismo de un sueño en una plaza colonial
que intentó ser algo más que eso,
la leche de un ave nodriza
que se agria en las hojas de un libro pequeño
un verso que vivió y murió desde aquel día.

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Entre tú y Borges

A Raquel Galia

Entre tú y Borges complementan el vacío
del brillo matutino en su líquida naturaleza.
Son nuevos de ustedes y habitantes de sí mismos,
ocupan ideas dentro de un cuerpo furtivo
y se encuentran entre las letras sueltas
de una pregunta que no tiene respuesta,
dentro de un sueño que no se interpreta
porque transpira por las hojas de un libro anónimo.

Entre tú y Borges es suficiente una frase
que provoque la sed de los propios muertos
para que la piel se desmorone
ansiosa de beber el llanto antropomórfico
de los sueños ocultos o en el canto de surtidores
en esas tierras de combates permanentes
donde se juega a no morir nunca.

Entre tú y Borges repercuten el tiempo
y el espacio, de una mágica revelación
llenan la noche con los sueños que
al amanecer son parte carne y parte vida,
el sustento vaporizado de una muchedumbre
que no tiene más que para un par de ilusiones.

Entre tú y Borges llenan el cielo
de un cardumen de nubes
aligerando de cualquier peso
a las únicas flores de especies acrónicas
tú, un arbusto de besos
él, un árbol de ficciones,
jardines de sueños compartidos
de tabaco, río y arena, de libros abiertos
de risas graciosas y de buenos momentos.


Antes de que el sol salga.

zonaliteratura.com.ar

Oswaldo veía como aquel hombre regordete sorbía de un recipiente despostillado, un humeante brebaje negruzco con olor a café rancio. Después de cada sorbo emitía un ruidoso sonido de satisfacción. Pensaba en las nubes espesas y oscuras de aquel día, por lo que supuso que debería ser una noche profundamente sombría.
Sentado y con las manos atadas al respaldo de la silla observaba las absurdas formas que un foco de cien watts generaba, a pesar de que oscilaba en su cara y lo deslumbraba. Podía ver como la sombra de aspecto porcino del hombre regordete, se movía en sentido contrario a la luz. Iba de la puerta de lámina, hasta la pequeña ventana y se bamboleaba con la silueta del otro tipo. Un viejo de facciones escabrosas que de pie lo miraba fijamente, esbozando una sonrisa retorcida por las profundas huellas que había dejado el acné en su cara. Con dos dedos asía un cigarro que se llevaba a los labios. Aspiraba hasta formar dos huecos en los carrillos que hacían resaltar sus pómulos, para luego echar un humo espeso y penetrante.
Oswaldo pasó la lengua por sus labios dromedarios y agrietados y miró hacia el techo mohoso por la humedad. A pesar de su situación, no pudo evitar imaginar en esas manchas nuevos continentes, nuevas geografías, nuevos lugares para vivir y amar en libertad, un lugar donde él pudiera estar a salvo.
Sintió un fuerte golpe en la boca y por acto reflejo desafiante y temerario, escupió saliva y sangre, quería gritar que lo dejaran en paz. Decirles que se habían equivocado de persona, pero lo acallaban las maldiciones proferidas por un fétido aliento alcoholizado que lo cuestionaba.
El tipo gordo le amenazaba con administrarle agua mineral por la nariz si no hablaba o aplicarle toques eléctricos en los testículos o sumergir su cabeza en el retrete lleno de mierda, hasta que dijera dónde chingaos estaba el paquete. Después de otro golpe seco en la cara y uno más en la boca del estómago comenzó a escuchar un sonido sordo dentro de su cabeza. A lo lejos, oía decir a los sicarios con placa de policías, que de una vez lo iban a chingar y lo iban a madrear hasta que confesara incluso ser de la liga comunista. Luego carcajadas o los berridos de un cerdo y los aullidos de un perro famélico le erizaban la piel magullada y mordía los labios apretando los puños, no quería abrir los ojos o ¿acaso la inflamación se lo impedía?
Cierto que se arrepentía de aquella tarde del 10 de septiembre de 1971. Apenas la semana pasada, cuando recogió un paquete olvidado en un puesto de comida entre Copilco y Av. Universidad. Una tarde cargada de grandes nubes y truenos que advertían de una fuerte tormenta, la humedad entraba por todos los diámetros de la ciudad. También es cierto que ahí quedó de verse con sus amigos para dirigirse a Avándaro, lugar en donde se llevaría a cabo el primer festival de rock en el país, una fecha inolvidable.
Se sabía popular, por eso compartió con los demás lo de aquel paquete. Rollos de yerba comprimida frescos y olorosos que aquellos guardaban como algo valiosísimo y lo felicitaban por la generosidad mostrada. De ahí se fueron para aquel lugar, donde conoció el sublime sopor de una noche inolvidable, cuando en unión con Alma Rosa (una chavita que había llegado de Monterrey) totalmente drogados (peyote y marihuana) se entregaron mutuamente en una copula liberadora traspasando el tiempo, el lugar, los sentidos, un retorno al dilatado bing-bang bajo el indulto de algunos dioses mesozoicos. O al menos eso era lo que él había sentido aquel día.
El cielo gris les ofrecía una manta de agua que bañaba el acto junto a un pirul bajito, a un lado de un maguey. Cada gota cósmica de transparencia inigualable producía un efecto aséptico en sus cuerpos sintiéndose inmortales. Las plantas y hasta las raíces les hablaban entre palabras y destellos fugaces:
“No se vayan. Fúndanse donde quieran, incluso entre nosotras. No es la hora de irse a morir porque aún tienen un trabajo en esta tierra. Y nosotras solíamos tener el pasado, La palabra inicial de la existencia pero también tenemos el presente y el futuro. No se vayan, aquí tienen esta vida y la otra que nos sobra, no se vayan de nuestra patria, de nuestra lluvia, de nuestro maíz, de nuestra yerba, de nuestras heridas, de nuestro ombligo todo”… y reían catatónicos escuchando a lo lejos las notas conocidas de “La Tierra De Que Te Hablé” del grupo Ritual. Mientras terminaban a chupetes el último resabio del cigarrillo. La muchedumbre gritaba a coro con una sola voz, un solo grito:
¡Avándaro, Avándaro!
Y al conjuro de estas palabras las gotas que caían en el suelo bailaban con frenesí, en un fantástico ballet y el lodo brincaba alegre y la tierra levantaba sus naguas al compás de un rock fresco, incitándolos a seguir con su rito erótico comulgando en posiciones que los bautizaban como seres tribales del infinito, hasta quedar completamente exhaustos. Ella forjó otro cigarrillo y siguieron fumando entre risas y lluvia. Antes de que pudiera entender su inequívoca pero sencilla decisión, se puso de pie y corrió desnuda hacia el concierto, bailando con los pechos al aire perdiéndose entre la multitud. El desaparecería en la húmeda noche montado sobre un dragón verde de alas negras.
Sintió un golpe seco en la cabeza que lo sacó de su ensimismamiento y quiso maldecir, patalear y levantarse, pero una gran plomada colgaba de sus párpados. Logró escuchar aún, entre un torbellino de imágenes y recuerdos, entre sucesiones de memorias y lentas palpitaciones, el dialogo de sus verdugos mezclado con los ecos milenarios de voces ancestrales que lo llamaban. Comprendía aún las recriminaciones que se hacían entre ellos, frases que iban perdiendo sentido y se evaporaban en el aire; frases entrecortadas como el de haber olvidado un paquete en un puesto de comida o antes de que el sol salga, aventar el cuerpo al canal de aguas negras… y algo acerca de que los superiores nunca entenderían.
Oswaldo comenzaba a incorporarse. Miró sus palmas, su pelo largo y su barba, brillantes e inmaculados, ya no sentía miedo. Fue cuando dentro de aquel torbellino, escuchó perfectamente el batir de alas negras de su dragón y corrió a montarlo para irse volando.


Eudaimonia.

Desde arriba esparcen chispas
y se quiebran en estrellas
los sables de lunas optimistas,
las nubes navegan en canoas
cargadas de proverbios.

Me levantan entre cristales de pequeños
parlamentos de historia y de autógrafa guerrilla.
Me aferro a un teorema de relatividad variable
y me acoplo al ombligo del universo.

El sol entre mis dedos
se escurre radiante y permeable
en la miel de voces que me llaman,
anuncian que el eco de mis ancestros
es el éxodo que ríe entre meteoritos,
me sostengo en la retórica de un rayo
que evita que caiga sin lenguaje.

Una semilla insurrecta
cultiva su testimonio en mi dedo
se hincha a cada paso
en cada lugar que pisan mis plantas
sin dejar evidencia, ni rastro
de mi existencia.

Es lunes de leer oxigeno
y poblar páginas de lumbre
de cantar himnos y levantar cerros
de chupar exhausto la yema del mundo.

Escribiré un poema indestructible
en cada uno de mis huesos
fecundaré eufórico los vientres
de las virtudes no preñadas,
porque me hipnotiza el aroma de las nubes
y el olor de las mujeres.

Copulo en el copete de un ciclón estático
que amplifica de hoja en hoja
las más híbridas pasiones
y abre la puerta victoriosa
a mi punto crítico,
ese lado subversivo
de mi ojo Aristotélico
ungido de caricias
y abrazos sediciosos.

Apuntalo los polos cardinales
en el cosmos de unos pezones
que puntean con su calostro
al lactófago horizonte.

Coloco una teoría debajo de mi lengua
que se disuelve en un cometa,

un instinto de insurgencia
decide ser mi amigo
tuitea anárquicas visiones
y me cuenta en fibonacci
la historia de su Andrómeda
donde hay hombres felices
placeres y alegrías.

Libre y contento
me sumo jubiloso
entre reflejos matutinos
a la alegría de las mañanas
al canto entre los ríos
de un planeta feliz
hecho de sueños peregrinos.


Niebla.

Viene,
se aproxima,
indigesta de minúsculas libélulas
purga el vaho su fascinante ceguera,
ignora la intima estepa
del gozo de los niños
y de la risa de mujeres
en lavaderos públicos.

Viene turbulenta
en el cultivo de dos ciénagas,
suspende en tiempos su vestido
por encima de nuestras cabezas,

inmigrante entre vientos y migajas
en viscoso vuelo necrosado
agrede las insólitas pobrezas
y el afán de los despojados.

Sobre el germen de plumas y alas
entre trinos de aves trapo
aves andrajos, aves harapos
y sandalias húmedas.

Se acerca
con su capa de acertijos,
mirada niebla,
mirada negra,
que atempera a los moluscos
de lagunas antisépticas,
juega entre brazos y piernas
en el acitrón de fósiles días
al borde de las detergentes riveras
y los hijos de las azoteas.

Niña niebla
párpados pantera
ven con la bruma
de tu sonrisa somnolienta,
hiberna el oprobio
de aquella miseria
que ofende a los dueños
y patrones de esta tierra.


Fisonoplastia.

En el filo de tu sonrisa,
el tajo de tus labios
es un mapa clavado
a mitad del sueño
y la utopía.

En luceros mercuriales,
cae en pluvial platino
el apacible latifundio
de tu virtual mirada;

melancólica liquidez,
absurda amortización
de un pasivo mercado.

Entre esas agujas,
punza en mi pecho
la delgada línea
fractal de tus labios,
horizonte legendario
de soberbios filos
henchidos de dulzura.

En el índice Dow jones
de tu mirada ausente,
no se reprime la voz
ni el eco tibio y fortuito
de una nano deidad,
que juega en superficie
a hidratar el alma
con besos de diamante.

En el lindero de tus labios
hay un océano alcalino,
donde nada mi aliento
y se zambulle blogófago
en la arista de ese horizonte,
para al final ahogarse
en el efervescente aerosol
de un beso primitivo.


La parte media de la vida.

Usted dejó el sello de sus ojos
en el distante pliego de la idea,
la clase de mirada que se pega
en la porción media de la vida
y creó un nuevo espacio.

la defoliación que dejó su soplo
me dejó descalzo, crudo, sin semilla.

Causó una progresión de promesas incumplidas
en el fondo de un costal roto,
la cáscara de inspiración estrujada y partida
de un pellejo degradado.

Usted dejo un esbozo
de palabras incomprensibles,
una charla indefinida
al filo de las lisuras
de aquel instinto autónomo,
en el oxido de un sueño olvidado.

Usted mostró un cuerpo
que de tanto pétalo
se llenó de espinas

un gesto anónimo
de labios rojos,
en el fresco buqué
de una mañana suicida;

y se desbordaron las ganas
junto al laberinto
de una taza de café.

Usted dejó las horas
convertidas en polvo,
un par de manecillas
que cubrió de ceniza
las esperanzas en mi rostro.

Yo no tuve más que amarla
ajustando grados al afecto,
instituyendo el día y la noche
de una constante tregua,
suponiendo que en silencio desertaba
de aquel cruel universo
plagado de fugaces estrellas
y de fingidas entregas.

Usted hizo polvo con sus guiños
aquellos besos fugitivos,

y yo acostumbrado a los sueños
la amé así, sin razón y sin medida.

podría decir que la recuerdo
en la noche que grabó su risa,
en esa justa parte media de la vida.

Mi sombra ya no la escucha
y el espacio axial de mi cuerpo
lo ha llenado usted,
de un tiempo de escarmiento
a mitad de la neblina.


Limosnero de ilusiones

Eres el hechizo que llegó espontáneo,
la magia de los afectos tardíos,
la flama agridulce que bebí al cruzarme en tu camino.

Eres la ilusión que despierta en la mañana,
que me adopta y me lleva de la mano,

busco aullando en sensuales horizontes
el aroma de lo estrictamente prohibido.

Ese sueño que se esconde cada vez
que en mis labios se parten las palabras,
que se quiebran y se llenan de suspiros.

Eres el sueño que me acecha paciente,

me aguarda detrás de una enramada de besos
y me embosca con felino instinto,
en la arcilla de tus muslos
o en las arenas del embrujo
de tus nutridos senos.

Eres el aliento que trepa al cielo,
solsticio que fragua un verso ardiente,
la llama que calcina en purpuras moléculas
el torrente helicoidal de mi ADN.

Percibo la sed que espolvorea tu cuerpo
en cada trópico de tu piel desnuda,
cada vez que tus labios convierten
las caricias en reliquias
y los abrazos en amuletos.

busco franco y afanado
aquellas zonas de tu sexo
que aún no han sido conquistadas;

sospecho que mi pulso es el ancestro
de los vestigios en tu entraña,
la sabia somática determinante
que fluye selectiva y liberal,
entra por el pecho
y fallece por la espalda.

Eres el sueño que me desgarra la carne
y me deja la piel hecha jirones;

eres la visión de la noche más hermosa,

el pacto entre la ilusión y el recuerdo
que me convierte en suicida,
un limosnero de ilusiones
si pretendo sacar del tintero
las mejores rimas,
o lo mejor de nuestras vidas.


En el mítico punto verde.

Pensar que supimos hurtar
un poco de tiempo al destino salpicado de rutina
y regresar al pasado resucitando en cuclillas de cada plegaria.
Pensar que inhumamos el sentimiento
que se lleva dentro tallado en los huesos
por obra y gracia de nuestras propias palabras
a pesar de tanta despedida.

Saber que se fundieron los versos
en profundas heridas
rescatando murmullos de una canción desesperada.
Pensar que fuimos inmortales
dentro de cada relámpago,
en busca de sentido
entre grietas de distancias,
dentro del susurro infinito de un lago y una casa
creada de instantes de olvido.

Pensar que fuimos meteoritos
en la acústica bóveda del cielo,
entre el umbral de caricias pasteurizadas
y la lluvia estelar de nuestras miradas,
innegables en el sueño
que el tiempo se empeña
en convertir en pesadilla.

Saber que una vez más logramos el rito
que nos confirma amados y amantes
en el acto religioso de intuirnos distantes
y no perpetuos del carnal instinto.

Eros y Tánatos,
frente a las astillas cristalinas de la pureza del agua,
desligándonos de absurdos vínculos
que nos unen al temor de siempre.
Pensar que resurgimos irreprochables en luciérnagas,
en el cirio de un punto ilegible
del minúsculo origen de nuestros días
en aquel brillo sutil,
de un mítico punto verde.


Para empezar a olvidarte.

Desgajar la ausencia
separar la sombra,
incidir profundo
buscando el dolor
hasta mutilarlo
con la palabra,

verter la víscera
en una bolsa
con rumbo incierto
irrigando la estepa
el temor y el tiempo;

la sangre ferrosa
machaca la boca
y corrompe inocencia.

Despegar la carne
arrancar la piel,
esparcirla en llanto
cosechando heridas
hasta vulnerar
escupiendo el verso
y las utopías,

destrozar las normas
rasgar los nudos
fingir ternura
rellenando ayeres
hasta rumiar
de melancolía.

Secar el lodo
orear las lagrimas
vestir soledades
forjando de nuevo
otro universo,

mamar inexperto
hasta cansarse:
el punto elegido,
un frío equilibrio
de este camino
para empezar
a olvidarte.